Desde los años 30 del siglo XX se conoce de manera científica la estrecha relación entre la presencia de algunas especies vegetales y la existencia en el subsuelo de yacimientos minerales. La observación y reconocimiento de estas especies o el análisis geoquímico de sus cenizas pueden proporcionar a los geólogos una potente herramienta en la exploración minera como indicadores de mineralizaciones ocultas.

Algunas especies de plantas además de tomar del subsuelo los elementos más comunes (N, P, K, Ca, Mn, S) tienen unas necesidades especiales relativas a la absorción de metales (Cu, Zn, Fe, Mo, Mg, B) para su crecimiento. En la mayoría de los suelos no se dan las concentraciones requeridas por estas especies, por lo que cuando estas plantas se encuentran presentes son indicativas de substratos anormalmente enriquecidos en dichos metales.

Ya los mineros alemanes desde hace siglos conocían que especies como la calamina violeta solo crece en suelos anómalamente altos en zinc. Otras especies, como algunas del género Juniperus, han sido utilizadas recientemente en campañas de prospección de uranio. No obstante, el caso más conocido y el que mayores éxitos ha dado entre todos los indicadores geobotánicos es la denominada  “Flor del cobre” (Becium homblei). Esta planta, descubierta en Zambia en 1949, solamente crece en terrenos extremadamente ricos en cobre, tales como las regiones mineras del Copper-belt de Zambia o el gran dique de Rhodesia (actual Zimbabwe) y ha sido ampliamente utilizada en la exploración y descubrimiento de mineralizaciones cupríferas.

Flor del cobre

Ilustración de un ejemplar de la “flor del cobre” (becium homblei).

El otro de los métodos de prospección geobotánico que puede ser aplicado en la prospección minera consiste en la recolección y posterior incineración de partes de dichas plantas, cuya concentración, de manera general, decrece en el siguiente orden: hojas > ramas > tronco > raíces > corteza.  Las cenizas obtenidas son analizadas geoquímicamente, generalmente mediante las técnicas de espectrometría de masas. En el caso del Abedul enano (Betula nana), endémico de las regiones árticas, sus cenizas pueden contener hasta un 1% de zinc, lo que lo ha convertido en un excelente indicador en la prospección de este metal en las áreas más septentrionales de Europa, Norteamérica y Rusia.

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