LA INFLUENCIA DE LA PISADA EN LAS RELACIONES PREDADOR/PRESA; LA CARRERA DE ARMAMENTOS

Nosotros, los humanos tendemos a utilizar toda la planta del pie para soportar nuestro peso durante el desplazamiento, repartimos la carga entre los diferentes metatarsos y el talón, consiguiendo la estabilidad suficiente para permitir el bipedismo. El tipo de pisada del que estamos hablando es denominado como plantígrado, hecho que compartimos con animales como osos (Ursus spp), mapaches (Procyon spp) y tejones (Meles spp).

Nosotros, los humanos tendemos a utilizar toda la planta del pie para soportar nuestro peso durante el desplazamiento, repartimos la carga entre los diferentes metatarsos y el talón, consiguiendo la estabilidad suficiente para permitir el bipedismo. El tipo de pisada del que estamos hablando es denominado como plantígrado, hecho que compartimos con animales como osos (Ursus spp), mapaches (Procyon spp) y tejones (Meles spp). Sin embargo, aunque la plantigradía no sea un rasgo único humano, tampoco podemos decir que sea algo común en los mamíferos, pues la mayor parte de estos ha sacrificado la estabilidad que aporta pisar con toda la planta en pos de la mayor velocidad, agilidad y potencia que se consigue al soportar la totalidad del peso corporal sobre los dedos (pisa­­­da digitígrada) o incluso sobre las  uñas (pisada ungulígrada).

La explicación de este sacrificio es sencilla, el roce crea resistencia y la resistencia reduce la velocidad durante la carrera, al igual que los ciclistas de elite han reducido el grosor de sus ruedas para ganar velocidad, los grandes y medianos herbívoros llevan 56 millones de años evolucionando en la misma dirección, reduciendo la superficie de sus pies en contacto con el suelo para aumentar al máximo su velocidad de carrera, incrementando así sus posibilidades de supervivencia. La necesidad de velocidad, ha obligado a estos herbívoros a recubrir sus dedos con estructuras corneas (uñas), creando pezuñas duras que permiten a los ungulados aumentar la tracción y disminuir, aún más si cabe, la superficie de contracto con el suelo (pisada ungulígrada).

El número de dedos sobre el que los ungulados se apoyan, nos permite discriminar dos líneas evolutivas muy bien diferenciadas: los que se apoyan sobre dos dedos como los rumiantes o los cerdos (Artiodáctilos) y los que se apoyan sobre dedos impares como los caballos, los rinocerontes o los tapires (Perissodáctilos).

Los mamíferos carnívoros, que debían alcanzar a los ungulados para alimentarse, estaban en desventaja: ellos también habían reducido gradualmente la superficie de sus patas en contacto con el suelo convirtiéndose en digitígrados, sin embargo, necesitaban de sus garras para cazar y de sus manos para manipular el alimento, recubrir sus patas con pezuñas no era una opción, pero, sí que lo era modificar los métodos de caza, perseguir a sus presas hasta que caigan exhaustas a sus pies. Algunos carnívoros como los lobos comenzaron a utilizar esta última estrategia; otros como los félidos prefirieron utilizar en las praderas el método que llevaban millones de años utilizando en las selvas donde habían evolucionado, el acecho. Unos pocos carnívoros como los guepardos (Acinonyx spp) o el género extinto de hienas Chasmaporthetes, terminaron por convertirse en velocistas logrando aprovechar la flexibilidad de su columna para incrementar el tamaño de sus zancadas e igualar la velocidad de sus presas.

Puede ser un error dividir a nuestros mamíferos entre predadores y presas solamente, existen algunas especies cuya principal alimentación se basa en frutos e invertebrados pero que a su vez están lo suficientemente bien armadas como para ningún predador se atreva con ellas como ocurre con los osos, los tejones o los mapaches. Estos animales al no tener necesidad de correr en su día a día, mantienen su condición plesiomórfica (condición basal) de animales plantígrados, lo que les permite mantener su estabilidad al máximo. Como curiosidad, decir que muchos de estos animales plantígrados como los tejones, los mapaches, las mofetas (Mephitis spp) e incluso los osos pandas (Ailuropoda melanoleuca) han desarrollado coloraciones aposemáticas que avisan a cualquier predador potencial de su peligrosidad.

El conocimiento de los rastros de fauna nos permite deducir  gracias a  la simple impronta de una simple huella (con la que algunas veces ni siquiera será posible identificar la especie) el nicho ecológico de su autor mediante una serie de reglas que funcionan en cualquier lugar del mundo.

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